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miércoles, 25 de junio de 2014

SOBRE LA “PELI”... EL SIGNO DE LA CRUZ



Hoy voy a contar una anécdota que nos ocurrió allá por los años 1937 o 1938, a mis hermanos Isabel y Manolo, y a mí, el más pequeño de la cuadrilla. Era un día de invierno y pasaban una película en el antiguo y precioso CINE PRINCIPAL, una sala de cine clásica, de aquella época, en forma de herradura, rodeado por tres pisos de palcos y plateas el de la primera planta. Los otros dos de plateas a ambos lados y en los fondos los llamados “gallineros”, que eran unos asientos en escalera de madera que tendrían 8 o 9 bancadas. Abajo, la sala de butacas numeradas, en el centro un pasillo hasta el fondo del escenario, donde se encontraba la gran pantalla de proyección y unas rojas cortinas que la enmarcaban.. 



Aquel día proyectaban en el cine, una película que tuvo mucha aceptación entre el público, y que fue muy comentada. En casa, ante la insistencia que mis hermanos y yo le hicimos a nuestros padres, nos dieron el “dinerito”, que supongo serían 10 o 15 céntimos de peseta, (hoy serían 0´08 cts. de Euro), cada uno, y el permiso preceptivo para ir a la primera función o sea a las 7 u 8 de la tarde. La película se titulaba “El Signo de la Cruz” y el tema de la película la Pasión de Jesucristo y la persecución de los cristianos por los romanos.


Comenzó la película, nosotros tres sentaditos en una de las gradas del “gallinero” del primer piso viendo la “peli”, que era de mucha, mucha pena y comenzamos a gimotear viendo las tremendas escenas de persecución contra los cristianos, y en la que en una de ellas...”tres hermanitos”, aproximadamente de nuestra edad, los mandaron sus padres a una panadería y los romanos los apresaron, al saber que eran hijos de cristianos; los iban a torturar y a matar, creo recordar "metiéndolos" en un horno o algo parecido... Y ¡no lo pudimos aguantar!, nos levantamos de las gradas y nos marchamos a la calle, corriendo por la calle Álamos hasta llegar a la calle Pepita Jiménez, a nuestra casa, llorando "a moco tendido”...


Nuestros padres alarmados, nos preguntaron ... -¿qué os pasa? ... A nosotros no nos salían las palabras, llorábamos más y más... Hasta que por fin pudimos explicarnos, de que nos daba mucha pena lo que le iban a hacer a aquellos pequeños. 

A partir de entonces, cuando queríamos ir al cine preguntábamos: -¿Qué película ponen? ...
Respuesta: -¡El Signo de la Cruz!
-¡Ah, entonces NO !

lunes, 2 de junio de 2014

GRAF ZEPPELÍN


De cuando en cuando me viene a la memoria una duda que tengo desde chico, y a renglón seguido, una serie de interrogantes, que desde entonces, rondan en mi cabeza.


Y es que recuerdo de mi niñez, con cuatro o cinco años, como si fuera en un sueño, haber visto, mirando al cielo un gran artefacto, muy grande...¡¡grandísimo!! sobrevolando sobre mi cabeza, como un enorme cigarro puro. 


Siempre lo había considerado un suceso imaginario, apenas lo recordaba y, prácticamente, ya lo tenía casi olvidado. Pero con esto "del internet", y a mis 84 años "navegando" por este increíble medio, se me ocurrió buscar información de lo que en tiempos se llamó el ZEPPELIN, aquel gran invento alemán de los años 20 que revolucionó el transporte aéreo. 

El GRAF ZEPPELÍN, fue un gran globo dirigible, una aeronave rígida de comienzos del siglo XX, que tomaba su nombre precisamente de Ferdinand von Zeppelín, el Conde Zeppelín (Graf Zeppelín), su inventor y creador, que alcanzó por ello este rango de nobleza germana.


El Zeppelín que volaba desde 1900, cruzó el Atlántico por vez primera en septiembre del año 1928, y se convirtió en la mayor aeronave del mundo. Tenía cerca de 250 metros de longitud, 100.000 m/3 de volumen y podía transportar hasta 60 toneladas entre carga y pasajeros. 


Dicen que sobrevoló el Atlántico unas 150 veces, estableciendo una línea regular en el año 1936 con Sudamérica. En agosto de 1929,  realizó su primer vuelo alrededor del mundo en 21 días, y llegó a cruzar el Pacífico rumbo a Estados Unidos en 79 horas, sin escalas. En julio de 1931, realizaría un viaje de investigación al Polo Sur que duró cuatro días, recorriendo unos 10.000 kilómetros a una velocidad media de 80 kilómetros a la hora.

El Zeppelín, solía contar con una tripulación compuesta por unos 40 hombres y podía llevar a unos 20 pasajeros, se desplazaba con la fuerza de 5 motores de 500 CV. 

Resumidamente estos son los datos que leí en "la red", aunque lo que llamó más mi atención es descubrir que Tánger fue una de las ciudades que se encontraba en las rutas transatlánticas del Zeppelín y por donde pasaba esta gran aeronave entre los años 1934 y 1935. 


Vista aérea de Tánger desde el Graf Zeppelín
ZEPPELIN SOUTH AMÉRICA TOUR TANGER MAROC AIRSHIP ALLEMAGNE GERMANY IMAGE


Y es que se daba la circunstancia de que yo, por esos años, iba con mi madre a visitar a su familia, que llevaban varios años viviendo en esta ciudad africana.

El motivo principal para esos viajes de Cabra a Tánger, fue la dolorosa muerte de un hermano mío llamado Antonio con tan solo 12 años de edad; un suceso que afectó enormemente a mi madre, que lo pasó muy mal. 

Ante esas circunstancias, mi padre vio conveniente aquellos desplazamientos, y con ellos procurar una mejoría de ánimo en Mama Rosa, por la pérdida del hijo. 


Por eso, recuerdo como en un sueño, que yo estaba en el balcón del piso de mi abuela Mamá Carmen en Tánger, situado en la calle Esperanza Orellana número 36, frente al Gran Teatro Cervantes, y como allí vi pasar un enorme artefacto volador sobre mi cabeza.

Han pasado 80 años de aquello, y ahora encuentro respuestas a todas esas ingenuas interrogantes que han sido tan recurrentes a lo largo de mi vida, y es que sin duda, lo que yo vi aquel día fue... el Graf Zeppelín.


En el balcón de Mamá Carmen, Tánger (1934)

Nota:

El último viaje del Zeppelín se realizó el 18 de julio de 1937. En el mes de marzo de 1940, sufriría su definitivo desguace, ya iniciada la 2ª Guerra Mundial, para aprovechar el aluminio de su estructura como material para la guerra.

domingo, 25 de mayo de 2014

Historia de la familia Arroyo (segunda parte)

Felipe y Pepe Arroyo Serrano
Foto J.R. Blanco (Tánger)

Pero muchos de ustedes se preguntarán qué ha sido del paradero de los demás descendientes de la familia ARROYO. Comencemos con ellos:

JOSÉ ARROYO SERRANO: Aguantó unos años más en Tánger y cada vez su situación familiar fue más difícil, a pesar de que sus hijas Rosario y Herminia trabajaban en sendos negocios de Peluquería y Óptica. Mi tío ya no tenía empleo debido a que la empresa francesa se trasladó o quebró. Por tanto José optó por marcharse a Madrid, y donde se colocó como funcionario de la Organización del Sindicato español, mientras que la pequeña de sus tres hijas, Mari Julia comenzó a trabajar en los Grandes Almacenes “Galerías Preciados”.

Sus hijas Rosario y Herminia se habían casado en Tánger; la primera se unió a un joven madrileño llamado Oscar Oliva Granados y se marcharon a las Islas Canarias, concretamente a Las Palmas de Gran Canaria, donde el joven Oliva era locutor en la Emisora de Radio local. Cuatro fueron sus hijos, la mayor Ana Paqui, le sigue Mª Isabel, Rosario y Marino.

Rosario se casó poco después que su hermana, con Manuel Gómez Estero. Y se marchó a Casablanca, posteriormente a Fez y finalmente regresó a la pensínsula y se asentó definitivamente en Cataluña, concretamente en un pueblo llamado Santa Perpetua de Moguda. Tuvieron tres hijos llamados Mari Carmen, Herminia y Juan Manuel.

FELIPE ARROYO SERRANO: Antes conté como su viuda mi tía Ángeles y su hija Angelita, así como mi tía Rosario y Sierra se volvieron a Cabra. En cuanto a su hija mayor llamada Carmen, se casó antes de la independencia de Marruecos, en Alcazarquivir, con un empleado de la banca llamado Enrique Seguí Rojas. Ya casados vivieron primero en Extremadura, luego en Cabra, después en Alicante y por último, se asentaron definitivamente en Córdoba. La menor de sus dos hijas llamada Angelita se casó con Francisco Laguardia Ramírez, natural de Larache y de profesión Maestro Nacional, fruto de su matrimonio fueron sus dos hijos, Ángeles y Francisco.

Y esta sería la historia la rama apellidada ARROYO que comenzó su andadura allá por el año 1914 y que llega hasta el día de hoy en las que nos ha tocado vivir una fuerte crisis que va a obligar a nuestras jóvenes y preparadas generaciones, como hizo nuestro PABLO ARROYO TOSCANO, “coger los bártulos” y marchar para Centroeuropa, Australia o hasta la “Conchinchina”…

jueves, 13 de febrero de 2014

La familia Arroyo o una historia de emigración de principios del siglo XX


En esta entrada, me gustaría contarles la historia de mi familia por la parte de mi madre, es decir por el apellido ARROYO, aunque bien podría titularse "una historia de emigración de principios del siglo XX".

Pablo Arroyo Toscano era mi abuelo, casado con Carmen Serrano Mora en el año 1890. De este matrimonio nacieron nueve hijos y que cronológicamente se llamaron: el mayor Salvador, le sigue Rosario, Rosa, Carmen, Sierra, Josefa, José, Felipe y Luis. Tanto Carmen como Josefa y Luis murieron siendo aún unos bebés.

Mi querido abuelo Pablo era “cosario”, un pequeño transportista de mercancías en general, de los que viajaban de un punto de España a otro. Concretamente, su zona de trabajo habitual era de Cabra a Málaga y viceversa, estos portes entonces se hacían con carretas tiradas por mulas y de estos animales mi abuelo alardeaba y decían que con ellos corría como una bala. Ello sería motivo para que el pueblo le bautizara con el mote de “Pablo, el de la balita” y su familia igualmente como “los de la balita”.

Por el año 1913, el negocio del transporte le iba bien, pero al poco tiempo comenzó una crisis en este sector y la familia empezó a pasar ciertos problemas en su economía doméstica. Ante esta circunstancia Pablo Arroyo se planteó la posibilidad de cambiar su anterior ocupación y la de emigrar a nuevas tierras que mejoraran dicha situación.

En esos años parecía que la cercana África ofrecía alguna que otra posibilidad para su familia. Y la ciudad de Tánger sería lo que a él le pareció mejor, de esta forma cogió como vulgarmente se dice “los bártulos” y marchó con su esposa Carmen, sus hijos Salvador, Rosario, Sierra, José y Felipe.

Sin embargo Rosa se quedaría en Cabra al cuidado de su tía, llamada Lorenza, que era la propietaria de la casa sita en la calle Pepita Jiménez núm. 5 de Cabra, que por esas fechas era un Lagar-Bodega que comercializaba muy buenos vinos, según opinión de su clientela. Y que algunos años después será la acreditada Fonda Guzmán (título de este blog). Yo recuerdo, siendo aún muy pequeño ver unas tinajas grandísimas en una de las naves, que posteriormente fueron los dormitorios de la familia y también recuerdo verlas sacar a la calle seguramente por haberlas vendido.

Mi madre, Rosa (luego sería más conocida por Mama Rosa) conoció a un joven llamado Antonio Guzmán Pérez, allá por el año 1916. Al tiempo mi tía Lorenza murió y el lagar, que pasó a propiedad de mi madre, se vendió y comenzó nueva andadura como Pensión o Casa de Huéspedes conocida, como antes comenté , como FONDA GUZMÁN.

Mientras que el abuelo Pablo Arroyo y el resto de su familia llegaron a Tánger con buen pie, sus hijos Salvador, José y Felipe comenzaron a trabajar en la acreditada Casa Orbea. En cuanto a la vivienda, encontraron un piso en la calle Esperanza Orellana núm.36, frente al muy conocido Gran Teatro Cervantes, muy céntrico y que estaba muy cerca del Boulevard Pasteur y también de la Cuesta de la Playa.

Poco tiempo después la familia sufrió una gran pérdida: Salvador, el hijo mayor, murió cuando tenía 33 años. Cuenta mi tía Rosario que se encontraba durmiendo y un traidor infarto se lo llevó. Mi abuelo Pablo (el conocido como “el de la Balita”) se marchó a Madrid para operarse de varices y murió en la mesa de operaciones. Fue enterrado en Madrid, en la Sacramental de la Almudena, al no ser posible trasladar sus restos a Tánger. En un espacio de 6 meses murieron padre e hijo.

Esta doble desgracia sumió a la familia en una fuerte crisis económica y mi tía Rosario que era una mujer con gran espíritu emprendedor, además de una magnífica costurera, montó un gran taller de alta costura en la citada vivienda de la calle Esperanza Orellana. Aunque también se ocupaba de dirigir una clase de costura en un Taller de Formación Profesional dependiente de la autoridad municipal de Tánger y para alumnas musulmanas.


En el Taller de Costura de mi tía Rosario, había un buen plantel de costureras, entre las que se encontraban: mi tía Ángeles, esposa de Felipe y mi hermana Rosa. Mi madre consintió que mi hermana Rosa debería quedarse en Tánger para así formarse en una profesión de cara al futuro. Allí creció, recibiendo una buena formación escolar, ya que estudió en el Liceo Francés y se educó en los dos idiomas.

No cabe duda que la tía Rosario llegó a ser una personalidad de alta consideración en la sociedad tangerina. Las mejores familias acudían al Taller de costura de Rosario, desde las señoras extranjeras, como las mejores familias de Tánger, así como las de la comunidad hebrea, muy influyente y considerada en la ciudad. Recuerdo oír hablar a mi tía de su amistad con don Carlos Sirvent, así como del Arzobispo de Tánger, también recuerdo haber oído hablar de la amistad con el Padre Buenaventura, que creo que era franciscano. Me suena oír hablar también de familia Adane, del doctor Beranjer y del Sr. Baglieto que trabajaba en la administración tangerina. Y yo, personalmente, tuve buena relación con sus hijos Carlos, Francisco y Laurita, y recuerdo a su esposa doña Laura Reyes, que solían venir por Cabra y se hospedaban en la Fonda Guzmán.

De la importancia de mi tía Rosario, hay un detalle muy significativo sobre su profesionalidad, en novela titulada “La vida perra de Juanita Narboni”, de Ángel Vázquez, se la cita en varios pasajes, un libro que bien retrata a la sociedad tangerina de la época. Rosario Arroyo era una mujer de una gran belleza y elegancia, moriría en Cabra con más de 80 años y usando zapatos de tacón de 8 ó 9 centímetros de altura.

Tánger en esa época estaba considerada como “Ciudad Internacional” y por tanto regida por cuatro representantes, que ejercían como gobernantes de varias nacionalidades. Su importancia como población era extraordinaria, moderna y con un ambiente muy cosmopolita. Los mejores establecimientos comerciales se encontraban allí, sus avenidas o bulevares…entre los que destacaban el boulevard Pasteur, su Estadio Deportivo, Plaza de Toros y sus grandes y famosos hoteles entre ellos el Minzah, el Continental o el Rif; por cierto que en este último, allá por los años 50, en más de una ocasión con mis primas Charo y Herminia, hijas de mi tío José, asistíamos a bailes que se solían dar por las tardes, la entrada era con derecho a una consumición. Otros lugares famosos eran: el Zoco Chico, lugar encantador por su ambiente, el Teatro Cervantes, que en su tiempo era el teatro más grande de África, y curiosamente, la casa de mi familia estaba frente a este teatro.

También debo referir que existía una red ferroviaria importante, que dependía de una empresa francesa y llamada “Tánger-Fez”, que como es de suponer tomaba su nombre del recorrido. En una ocasión, por el año 1954, me examiné para ingresar en dicha empresa con otros jóvenes de mi edad, me quedé en puertas, aprobó en primer lugar un chaval, que creo era el hijo del Jefe de Correos de Larache.
Este tren salía de Tánger y pasaba por algunas ciudades del protectorado español, como Arcila (hoy se conoce como Ashilaj) T,zenín de Sidy Yamani, T,lata de Raisna, Alcazalquivir, y a unos cuatro kilómetros aproximadamente se adentraba en el Protectorado Francés por Arbaua, y Zoco el Arbaa. Su frontera, recorriendo las diferentes ciudades de dicha zona francesa.

En estos años, mis tíos José y Felipe se casaron. El primero se casó con Francisca Tudela Bofante y fruto de ese matrimonio tuvieron tres hijas, Rosario, Herminia y Mari Julia. En cuanto a Felipe se casó con Ángeles Castilla García y también tuvieron su prole, dos hijas: Carmen y Ángeles.
Por esa época mi hermana Rosa conoció a su pareja, un joven funcionario de la Empresa de Teléfonos y Correos, conocida por la “Torres-Quevedo”, se llamaba Luis Vidal Mingorance, nacido en la provincia de Granada, en el pueblo de Atarfe y en su descendencia tuvieron dos hijos: Rosario y Luis. Como se puede comprobar la rama ARROYO fue creciendo bastante por esas tierras norte-africanas.

A finales de los años 40 se produjo en Tánger una nueva crisis económica. Algo tuvo que ver las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, y buena prueba de ello fue que el tío Felipe se quedó sin su trabajo de la Casa Orbea y por consiguiente tenía que encontrar un nuevo empleo. Su esposa Ángeles tenía en Larache un hermano, que era propietario de la Línea de Autobuses denominada “Escañuelas” y, al tiempo, también poseía un Hotel en la ciudad de Alcazarquivir que dista de Tánger unos 80 km. Felipe no lo pensó dos veces e hizo lo mismo que su padre Pablo Arroyo, cogió “los bártulos” y a toda su familia y marchó a la Zona del Protectorado Español de Marruecos.

Felipe que era un hombre emprendedor y muy animoso, se hizo cargo del hotel en arrendamiento. Dicho hotel se conocía con el bonito nombre de Hotel España y estaba situado en una hermosa avenida conocida como Avenida Sidy Alí Bugaleb en la citada Alcazarquivir. El Hotel era un edificio de una sola planta de estilo marroquí-andaluz con un magnífico comedor que parecía trasladado de la Alhambra de Granada. Tenía unas 30 habitaciones amplias y confortables, un pequeño pero agradable Bar donde Felipe atendía a sus numerosos clientes con su natural simpatía y se completaba con un hermoso y amplio jardín con pista de baile. Pero lo mejor de esto era que en su cocina contaba con una fantástica cocinera, nada más y nada menos, que mi tía Sierra; ¡nada más y nada menos que la mejor cocinera del mundo! Sus guisos eran celebrados por su clientela, especialmente por las esposas de los numerosos militares que vivían en aquella la ciudad.

Yo tuve la suerte de que hice el servicio militar en Marruecos y precisamente en la ciudad de Alcazarquivir. Fui soldado en las llamadas Intervenciones Militares o Mejaznía y al no tener allí un acuartelamiento propio, lo resolví viviendo con mi familia en el citado hotel. Una vez licenciado me quedé en el hotel como administrativo pero con contrato de trabajo, ya que mi tío tenía en mente ampliar su actividad hotelera y contaba con mi ayuda para llevar a cabo su idea de alquilar un local en la vecina ciudad de Larache, un restaurante situado en el cruce de carretera de ambas ciudades, donde yo me encargaría del nuevo negocio mientras mi tío se ocupaba del Hotel España. Sin embargo, todo se vino al traste debido a la dichosa independencia que trastocó el sueño que teníamos. En el año 1955, yo me vendría a Cabra definitivamente, para trabajar en mi antigua ocupación en la empresa de Conservas Este, de la que ya le hablaré en otra ocasión.

Poco tiempo después de aquellos años, mi tío Felipe sufrió un grave infarto coronario y a los pocos días falleció. Su viuda, mi tía Ángeles, se quedó al frente del Hotel unos años más y en vista de las dificultades que en el nuevo país se le presentaba optó por traspasarlo y venirse a Cabra para hacerse cargo del nuevo negocio que concertó con mi madre Rosa y que le cedió la Fonda Guzmán que para ello fue reformada y mejor acondicionada. Por tanto, parte de la familia Arroyo que en su día emigró para Marruecos retornó a su patria chica y mi tía Ángeles con su hija Angelita y mis tías Rosario y Sierra comenzaron una nueva etapa de su vida en Cabra. Esto ocurriría por el año 1960, si mal no recuerdo.


Así pues, aquella aventura que un día emprendió mi abuelo Pablo Arroyo Toscano en la segunda década del siglo XX, comenzó a evaporarse y es que la hermosa ciudad de Tánger se había transformado en otra cosa. Dejó de ser la ciudad internacional de maravillosa convivencia de culturas y religiones, cristiana, musulmana, hebrea...

Sí, seguiría y sigue siendo, una bonita ciudad, pero no la que en su día fue... aquella ciudad cosmopolita y visitada por toda clase de personalidades y artistas, cineastas… que durante la década de los 40 llegó a ser célebre por las actividades de espías internacionales y su ambiente glamouroso y exótico.

(Continuará...)

viernes, 6 de diciembre de 2013

LA TUNA

Pequeñas Historias del Marruecos Español (II) 


Vuelvo de nuevo a contaros una de mis “pequeñas historias de Marruecos”, que creo son entretenidas y que a mí, como a otros, nos pueden hacer rejuvenecer a través de los recuerdos.

Ocurrió un día del verano del año 1953. Los veranos en ALCAZARQUIVIR eran de órdago, ya que la temperatura podía llegar a alcanzar los 56 grados a la sombra. Esto sucedía especialmente, cuando además soplaba un viento del desierto al que llaman sirocco, y que solía durar 3, 6 ó 9 días. Como dato curioso, os contaré que si ibas por la calle a las tres o a las cuatro de la tarde y llevabas la espalda empapada en sudor, te acompañaban irremediablemente cientos de moscas que conforme andabas te sobrevolaban como un enjambre a modo de una aureola, que al pararte “aterrizaban” todas a la vez sobre tus espaldas, así que la gente allí al verlas parecíamos santos con halos de moscas a cuestas.

Pero prosigo con la historia. Por mi condición de militar, me encontraba de guardia, al ser domingo, en las oficinas de la Intervención Comarcal. Estas guardias sólo las hacíamos los soldados oficinistas que prestábamos servicio allí; los funcionarios que pertenecían a este centro eran miembros de la Hacienda española y tenían su horario normal de este cuerpo.
Estas guardias eran de 9 de la mañana hasta las 10 de la noche y además del oficinista de guardia le acompañaba un radiotelegrafista que era quien transmitía las novedades y un ordenanza musulmán. Serían alrededor de las 2 de la tarde, y en mi departamento andaba yo escribiendo una carta a “mi parienta” del pueblo cuando noté una agradable pero lejana musiquilla, que al principio creía que era cosa de mi imaginación, pero que al cabo de un rato, aquello que parecía un susurro fue creciendo y creciendo en intensidad, hasta convertirse en un maravilloso estruendo, fuerte, ruidoso... sí era una música española muy conocida... ¡claro!... ¡era el pasodoble “España cañí”!

Me levanté corriendo hacia el vestíbulo de la Intervención y me encontré perfectamente engalanada a toda UNA TUNA. Era la Tuna Universitaria de Murcia con sus tradicionales trajes negros, sus cintas de colores y sus escudos de fieltro sobrepuestos. Aquello fue para mi algo emocionante. Cuando terminaron de tocar se presentaron, eran estudiantes universitarios murcianos que venían a Marruecos en viaje de fin de carrera. Así que de inmediato subí al piso del Comandante Interventor, don Vicente Ibáñez, para ponerle al corriente de aquella visita, quien bajó a saludarlos deseándoles su mejor estancia en la ciudad.


Una vez se marcharon los tunos hacia el centro de Alcazarquivir, volví a mi trabajo, ya más tranquilo pero aún emocionado de aquella magnífica sorpresa, de comprobar que en un país extraño el sentimiento que te produce sentirte español se hace mucho más profundo; y en particular de la melancolía que se siente recordando y añorando tu pueblo y a tu gente.

Todavía recuerdo el "parte" que envié al final de la jornada por radio a la Territorial de Larache y que fue el siguiente: “SIN NOVEDAD, SOLAMENTE LA VISITA DE UNA TUNA DE MURCIA EN VIAJE DE ESTUDIOS...”

Y hasta aquí otra pequeña historia, que espero haya sido del agrado de todos los que se acercan a este sentido rincón para el recuerdo.



LEPRA

 Pequeñas Historias del Marruecos Español (I)


Con esta pequeña historia inicio una serie de vivencias en el antiguo Protectorado Español en Marruecos por los años que van de 1950 a 1955, una vez terminado el servicio militar obligatorio que todos los españolitos de a pie teníamos que pasar, y que yo, particularmente, reconozco que no me pesa haber pasado.

Y es que una vez terminé aquel periodo militar, me quedé como residente en el antiguo Protectorado, que por entonces estaba convulsionado por la fiebre independentista marroquí. En aquellos tiempos los alauitas mantenían, prácticamente una guerra abierta con Francia en su zona, que como se sabe estaba casi unida a la zona española, pues solo nos separaba una débil frontera a la altura del Zoco Arbaa en la que yo me encontraba, concretamente en la ciudad de Alkazarquivir. Allí trabajé como administrativo en un negocio de hostelería y bajo el amparo de unos familiares que llevaban establecidos en Marruecos desde principios del siglo pasado, primeramente en la zona Internacional de Tánger, allá por los años 20, y posteriormente en la citada ciudad de Alkazarquivir.

Pues bien, volvamos a la historia... Estaba por esas fechas trabajando para las Auntoridades Militares en la Intervención de ciudad de Alkazar, como escribiente pero perteneciente al Cuerpo de Intervenciones Militares o Mejaznía Armada, que también se llamaba así, como personal militar pero en un trabajo de administración, que implicaba que no teníamos cuartel ni tampoco uniforme, aunque lo que sí teníamos era una bonita paga todos los meses, y un jefe superior, que en mi caso era un Comandante Interventor Comarcal.


Un buen día me asignaron un trabajo como ayudante de un médico de la localidad, que no era militar, llamado Dr. Pachón; un señor de unos 50 a 60 años, bajito, regordete y muy miope, a juzgar por las gafas de culo de vaso que llevaba. Entonces teníamos por misión efectuar un censo de musulmanes afectados por la terrible enfermedad del glaucoma, que como se sabe, sin atención médica, termina por desembocar en la ceguera total. Una ceguera que afectaba a una gran cantidad de nativos, así que este trabajo había de hacerse en todo el Protectorado. Nuestra zona abarcaba toda la comarca de Alkazarquivir con los poblados de T´lata de Raisana, Mexerá, Tatoof, Auámara y Alkazar ciudad. Pues bien, en este poblado citado de Auámara, poblado que en la Guerra de Marruecos, unos años antes, fue muy conocido porque hubo instalado un pequeño aeropuerto militar, nos encontrábamos trabajando en un pequeño edificio de una planta.

El Dr. Pachón, al cabo de un día, examinaba a una cantidad importante de pacientes, generalmente ancianos musulmanes, para detectarles la enfermedad de visión que tenían y de la cual que yo iba anotando en unos cuadrantes: nombre....edad.....sexo...etc., por cierto, que en el cálculo de la edad era muy curiosa la forma de determinarla, para ello nos basábamos en 3 o 4 acontecimientos importantes ocurridos en aquellas tierras, y que nos servían de referencia; por ejemplo: la Guerrra de Melilla..., la Guerra del 21..., la Guerra Civil Española...

A través de un intérprete indígena preguntábamos ¿qué edad tiene?.... y nos contestaban...- cuando la Guerra de España yo era “chivani” (viejo)- entonces yo calculaba si en el año 36 era mayor.... en el año 1953 tendría....75 ó 77 años (60 más 17). Otras decían: - cuando la Guerra de Melilla yo era una “laila” (niña)-, yo calculaba del 21 al 53 van 32 años más 10 que tendría como niña, pues....42 años; y así nos íbamos entendiendo.



Pero el caso curioso de esta pequeña historia fue que cuando el Dr. Pachón se encontraba examinando a una anciana musulmana que era totalmente ciega, pues el maldito glaucoma había hecho presa en ella, cogiéndola por un brazo el médico me dice - mira Salvador este caso -y con un alfiler grande, más bien un fino estilete, le atravesó la piel, de parte a parte, y la anciana ni se inmutó. Volvió a pincharle de nuevo y le preguntó......- le duele....... y respondía la vieja mora- nada –. Entonces el Dr. Pachón me miró y me dijo: - Mira Salvador, esto es un claro ejemplo de lepra-. A mí, se lo pueden imaginar, se me encogió el alma. Pues ya sabemos la aprensión y el miedo que produce esta enfermedad bíblica, que ahora en la actualidad no causa tanto sobresalto a causa de los avances médicos, pero que hace cincuenta años, todavía entonces era terrible.

Ver directamente un caso de lepra, me causó una honda impresión y la verdad es que esta anécdota ocurrida hace ya algún tiempo, no se me olvidó nunca. Esta y otras pequeñas historias son las que les contaré en próximos números, que por ser curiosas y estar vivas en mi memoria, me resisto a que pasen al olvido.


Salvador Guzmán Arroyo

LA FONDA GUZMÁN Y EL INSTITUTO AGUILAR Y ESLAVA



Siempre existió una gran vinculación entre la Fonda Guzmán, también llamada Pensión o Casa de Huéspedes, con el entrañable Instituto “Aguilar y Eslava” de Cabra desde los primeros años del pasado siglo XX. Una relación que le vendría, no solamente por su proximidad, ya que la Fonda estaba frente por frente al centro educativo en la calle Pepita Jiménez, sino también por otras circunstancias que a continuación explicaré.

Como quiera que nuestro Instituto, por esos años, era el único centro de bachillerato de la zona sur de la provincia de Córdoba, a él acudían muchísimos estudiantes  de la comarca para examinarse. Esto significaba que en el mes de junio y septiembre, cientos de chavales pasaban por nuestra ciudad y algo muy importante que aquello comportaba, que tenían que comer aquí. Por consiguiente, la situación del Instituto tan próxima a la Fonda Guzmán, era motivo más que suficiente para que las ollas y cacerolas de Mama Rosa, dueña y alma del establecimiento, echaran  humo, y los cocidos y potajes fueran a parar a los estómagos agradecidos de la mayoría de aquellos jóvenes examinandos.

Creo recordar que de una academia de la vecina ciudad de Lucena, regentada por un magnífico y simpático maestro llamado don Pedro Álvarez, todos sus alumnos comían en la Fonda, y para ello previamente D. Pedro llamaba a Mama Rosa para indicarle número de plazas a reservar.
        
Además de este vínculo de la Fonda con el Instituto existiría otro, que era que llegado el mes de mayo o junio coincidiendo con el final de curso, y cuando quedaban pocos alumnos en el Internado del Real Colegio y sus comedores cerraban, entonces los pocos que quedaban pasaban a ser atendidos también por la Fonda.

Igualmente el Capellán del Real Colegio y Profesor de Religión, don Diego Villarejo Pérez, que pasaba todo el verano viviendo en el Internado del Instituto, hacía todas las comidas en la Fonda, al cuidado de Mama Rosa, que por añadidura le preparaba exquisitos platos que el benemérito sacerdote saboreaba y agradecía. Y más de una vez me tocó a mí ser el  proveedor de aquellas comidas, que llevaba en las  tradicionales “fiambreras” con sus humeantes ascuas en el seno de abajo para que no se enfriaran. Y también, más de una vez, recibiría alguna que otra “propinilla” por aquel delicado trabajo...

También recuerdo de este vínculo Instituto-Colegio y la Fonda Guzmán, que en los años de la Guerra Civil fueron alojados en el Internado del Colegio una importante cantidad de soldados italianos que también comerían en el almuerzo en la Fonda, en un número cercano a las 300 plazas, en un horario que iba de 11 de la mañana hasta las 4 o 5 de la tarde. Entonces, mi hermana Carmen Guzmán, que era la mayor de la familia, se ocupaba de la coordinación de esta operación, de lo que había que preparar, la forma de suministrar tantos servicios para los dos comedores de la Pensión, además del patio e incluso la puerta de entrada, así como lo más importante del aquel operativo: el cobro de las comidas... 

"Pasta chuta” (fideos),   "uova con patate"  (huevos fritos con patatas), eran las comidas más celebradas por aquella  tropa extranjera. Y mi hermana Carmela era un lince, cuidando que no se fuera nadie sin pagar, manejándose  en su propio idioma, el italiano, que lo hablaba perfectamente; tanto, que pareciera que hubiera nacido en las mismísima  Roma, Florencia o Nápoles.

Por último, en estos días que se conmemora el 80 aniversario de la inauguración de la fuente y del monumento de Aguilar y Eslava (1933-2013) y con este motivo quisiera contarles una simpática anécdota que yo oí en mi casa por primera vez  cuando tenía seis o siete años.

Ocurriría por el año de 1932, en octubre, cuando vino al Instituto el entonces presidente de la República, don Niceto Alcalá-Zamora y Torres en visita oficial, y cuando para exornar los arriates de la plaza del Instituto, los jardineros del Ayuntamiento plantaron muchas macetas donde solo había tierra y mala hierba.

La anécdota la protagonizó un conocido y peculiar hortelano, llamado Antonio Luna, que tenía su huerta más abajo del llamado Fútbol chico, y que además de hombre de campo era un popular poeta… 

Sucedió que aquel hortelano poeta, conocido por su excentricidades y ocurrencias, al pasar por calle Pepita Jiménez y ver los jardines “puestos de largo” con sus preciosas y aromáticas flores, se le ocurrió que aquello no estaba bien del todo, y sin dilación se dirigió a su huerta cercana y en su pequeña borriquilla, ya de madrugada, volvería al instituto para desenterrar aquellas flores y macetas, y sustituirlas por productos de su huerta, llenando los jardines de la plaza de coles, escarolas, zanahorias ...  y que de esa manera el señor Presidente pudiera ver dignos vegetales  representantes de nuestra tierra y no unas cursis flores de maceta, que nada gustaban a aquel simpático y ocurrente hortelano al que todos conocían como “el Loco Luna”.

El final de esta historia, tal como se contaba en mi casa es, que amaneciendo el día de tan importante visita, las autoridades ante aquel desastre de jardín convertido en huerta, mandaron rápidamente desenterrar las hortalizas y reponer las plantas florales de nuevo. Por cierto, el forraje de aquellas hortalizas lo meterían a toda prisa en el portal de la Fonda y el causante de aquel desaguisado, el citado Antonio Luna, fue puesto a buen recaudo en la cárcel del pueblo. 

Y colorín colorado, esta anécdota sea cierta o no, a mí así me la contaron...