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jueves, 4 de junio de 2026

Ya estás aquí...

 


Mi querido Salvador:

Ya estás aquí…

Llegaste en esa hora secreta en la que la noche se retira con sigilo y Sevilla, todavía entre sueños, empieza a vestirse de fiesta. Fue poco después de que sonaran las primeras campanadas de la Giralda, derramando en el aire claro la certeza de que ya era Corpus Christi. Y la ciudad, aún recogida, guardaba ese temblor antiguo de lo sagrado que sólo conocen sus madrugadas más hondas.

Aún no se habían despertado los "niños carrancanos" para encabezar el cortejo de la más solemne y participativa procesión, en la que recorre las calles el mismísimo San Fernando que según Silvio, cuando conquistó Sevilla ya se preguntó: ¿Dónde está mi Betis?

Es 4 de junio de 2026.

Todo estaba por comenzar… y, sin embargo, tú ya habías llegado. 

Quiso el destino —o la providencia, o quién sabe si la silenciosa intercesión de tu bisabuelo Salvador en alguna estancia luminosa de la Corte Celestial— que tu nacimiento coincidiera, al menos este año, con el día en que celebramos tu nombre. Un nombre que no es solo un nombre, sino memoria, herencia y promesa.

Y es que no volverán a encontrarse en el calendario, hasta que cumplas once años, tu santo y tu cumpleaños en el mismo día. Pero eso es apenas un juego del tiempo. Lo importante —lo verdaderamente importante— es que ya estás aquí.

Has llegado para continuar una historia que empezó con tu bisabuelo, Salvador Guzmán Arroyo; que siguió en mí, Salvador Guzmán Moral; que tomó nueva vida en tu padre, Salvador Guzmán Osuna; y que ahora descansa, leve y recién estrenada, en ti: Salvador Guzmán Gómez.

Cuatro generaciones. Cuatro nombres iguales. Cuatro vidas distintas unidas por un hilo invisible que no se rompe.

Dicen que “dichosos son aquellos que a los suyos se parecen”; y en esa semejanza —no solo en los rasgos, sino en la forma de estar en el mundo— radica la verdadera nobleza de esta saga de hombres buenos.

Mi querido nieto, el cuarto Salvador de la familia y el primero sevillano:

Que la humildad sea siempre tu refugio.

Que el trabajo te dé sentido.

Que la constancia te haga fuerte.

Y que Nuestra Señora de la Esperanza Macarena, que estuvo tan cerca de ti en el instante de tu llegada, te ilumine siempre con su mirada antigua y misericordiosa; esa mirada que, hecha silencio y recogimiento, se vuelve Soledad en San Lorenzo y Aurora en Cabra, donde también tienes raíces y un destino cofrade que ya te espera…

Escribe tu propia historia, querido niño.

Escríbela sin prisa, con verdad, con esa luz callada que ya llevas dentro. Y siente, desde ahora, el amor inmenso de quienes te han hecho posible.

A tu madre, Ana, se le iluminan los ojos cuando pronuncia tu nombre, porque en tu cuerpo pequeño late ya, el corazón de un hombre grande.

Dentro de unos días volverás a tu nueva casa en San José de la Rinconada, donde te aguarda una vida por hacer, abierta como una mañana nueva…

Allí empezarás a vivir.

Aquí empiezas a ser.

Ya estás aquí, Salvador.

Y con tu llegada, el mundo —nuestro pequeño mundo— se ha vuelto un poco más verdadero, un poco más hondo, un poco más lleno de sentido.

Tu abuelo.

lunes, 20 de abril de 2026

A mi pequeña Elena...


Te hiciste de rogar... 

Te buscábamos con los ojos ya cansados de tanto esperar, pero tú parecías no tener ninguna prisa por abandonar el refugio tibio del vientre de tu madre; como si supieras, con esa sabiduría de lo invisible, que aquí fuera el viento no siempre es calmo y que las cosas, demasiadas veces, no son como uno quiere.

Fue un sábado 18 de abril, cuando el reloj ya se asomaba con vértigo al filo de la medianoche, cuando decidiste por fin regalarnos tu primer llanto. 

Viniste al mundo el día de San Perfecto de Córdoba. Y no sé yo, si la perfección será un adorno que acompañe en tu personalidad, pero lo que sí sé es que para nosotros —para esta familia que te aguardaba con el alma en vilo— has llegado en el momento perfecto.

Ahora que te veo dormir, siento la urgencia de explicarte quién eres...

Yo soy Salvador, tu abuelo, y te escribo desde la orilla donde hoy te sirve de cuna el azul de Alborán y esa brisa que baja, señorial, desde el Castillo de Sohail. Pero no olvides nunca que tus raíces se hunden en la fuerza de un olivar milenario, en esa tierra de Cabra a la que tu bisabuelo Antonio Osuna dedicó una vida generosa; allá donde la Subbética deja de ser mapa para volverse oración de piedra y agua.

Y junto a esa memoria de aceite y surco, se agita en ti el aire de Sevilla y esa certeza con sabor a mar que es Sanlúcar. Allí, donde el Guadalquivir se hace abrazo de desembocadura, es donde espero llevarte algún día para que entiendas de qué luz estás hecha.

Llevas en la sangre una herencia de nombres sagrados. Mi padre, tu bisabuelo Salvador, fue una lección de hombría de bien; de él heredas, junto a tu bisabuela Otilia, esa mirada limpia de quienes saben caminar con la frente alta y la elegancia del alma intacta.

Y es que tienes la fortuna de haber nacido del amor de tu padre, Antonio Guzmán, que guarda en su temple la síntesis de nuestra casa, y de tu madre, Elena Santisteban, que te entrega no solo su nombre, sino esa esencia helénica de “la que brilla junto al sol”. Eres nuestra antorcha, Elena; la luz necesaria que disipa cualquier sombra.

En este territorio de afectos ocupan un lugar de honor quienes te custodian. Tu abuela Toñi, mujer incombustible, luchadora y valiente, es el faro que siempre nos ha mantenido el rumbo firme cuando el mar se ponía bravo. Y tus abuelos maternos, Rafael y Pepi, pilares de una saga, te entregan una fe inquebrantable, esa que camina con paso lento tras el Señor del Silencio.

Por otro lado, como un milagro de permanencia tienes el beso de tu bisabuela Eloísa, que a sus noventa y seis años sigue siendo nuestro más alto referente de amor y de cordura.

Crece, pequeña mía, con la gracia malagueña y la elegancia sevillana, pero sobre todo con la entereza de los campos de Cabra. Que la Virgen de la Sierra te guarde siempre. 

Y al mirar el horizonte, recuerda que eres el hermoso resultado de muchos sueños compartidos y de un amor que, desde que te vimos aquel sábado de abril, se ha hecho eterno en tu nombre.

Bienvenida a la vida, mi pequeña Elena...