Te hiciste de rogar...
Te buscábamos con los ojos ya cansados de tanto esperar, pero tú parecías no tener ninguna prisa por abandonar el refugio tibio del vientre de tu madre; como si supieras, con esa sabiduría de lo invisible, que aquí fuera el viento no siempre es calmo y que las cosas, demasiadas veces, no son como uno quiere.
Fue un sábado 18 de abril, cuando el reloj ya se asomaba con vértigo al filo de la medianoche, cuando decidiste por fin regalarnos tu primer llanto.
Viniste al mundo el día de San Perfecto de Córdoba. Y no sé yo, si la perfección será un adorno que acompañe en tu personalidad, pero lo que sí sé es que para nosotros —para esta familia que te aguardaba con el alma en vilo— has llegado en el momento perfecto.
Ahora que te veo dormir, siento la urgencia de explicarte quién eres...
Yo soy Salvador, tu abuelo, y te escribo desde la orilla donde hoy te sirve de cuna el azul de Alborán y esa brisa que baja, señorial, desde el Castillo de Sohail. Pero no olvides nunca que tus raíces se hunden en la fuerza de un olivar milenario, en esa tierra de Cabra a la que tu bisabuelo Antonio Osuna dedicó una vida generosa; allá donde la Subbética deja de ser mapa para volverse oración de piedra y agua.
Y junto a esa memoria de aceite y surco, se agita en ti el aire de Sevilla y esa certeza con sabor a mar que es Sanlúcar. Allí, donde el Guadalquivir se hace abrazo de desembocadura, es donde espero llevarte algún día para que entiendas de qué luz estás hecha.
Llevas en la sangre una herencia de nombres sagrados. Mi padre, tu bisabuelo Salvador, fue una lección de hombría de bien; de él heredas, junto a tu bisabuela Otilia, esa mirada limpia de quienes saben caminar con la frente alta y la elegancia del alma intacta.
Y es que tienes la fortuna de haber nacido del amor de tu padre, Antonio Guzmán, que guarda en su temple la síntesis de nuestra casa, y de tu madre, Elena Santisteban, que te entrega no solo su nombre, sino esa esencia helénica de “la que brilla junto al sol”. Eres nuestra antorcha, Elena; la luz necesaria que disipa cualquier sombra.
En este territorio de afectos ocupan un lugar de honor quienes te custodian. Tu abuela Toñi, mujer incombustible, luchadora y valiente, es el faro que siempre nos ha mantenido el rumbo firme cuando el mar se ponía bravo. Y tus abuelos maternos, Rafael y Pepi, pilares de una saga, te entregan una fe inquebrantable, esa que camina con paso lento tras el Señor del Silencio.
Por otro lado, como un milagro de permanencia tienes el beso de tu bisabuela Eloísa, que a sus noventa y seis años sigue siendo nuestro más alto referente de amor y de cordura.
Crece, pequeña mía, con la gracia malagueña y la elegancia sevillana, pero sobre todo con la entereza de los campos de Cabra. Que la Virgen de la Sierra te guarde siempre.
Y al mirar el horizonte, recuerda que eres el hermoso resultado de muchos sueños compartidos y de un amor que, desde que te vimos aquel sábado de abril, se ha hecho eterno en tu nombre.
Bienvenida a la vida, mi pequeña Elena...