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miércoles, 12 de mayo de 2021

RELOJES, UNA CONSTANTE EN MI VIDA

 



Es verdad, no sé porqué que este pequeño o gran artilugio, ha sido  una constante en mi vida, por otra parte sencilla y sin complicaciones, y por eso creo que … es curioso este relato. Por ello mi sincero deseo de ofrecer su lectura a la benevolencia de mis amables lectores.   

La primera vivencia la recuerdo por los años 40, cuando estaba en el Instituto “Aguilar y Eslava” estudiando aquel Bachillerato de siete cursos más la temible Reválida. En ese tiempo la persona encargada  del mantenimiento del reloj de la Parroquia, era la Relojería Valero, de la calle San Martín.

Uno de los hermanos Valero era bastante “amiguete” mío. Me esperaba a la salida de clase, acompañado de otro buen compañero llamado Manuel Martín Hurtado el Torreño. Nos gustaba irnos con él a la Parroquia de la Asunción y Ángeles para darle cuerda al Reloj que entonces había en lo alto de la torre. Creo que era semanalmente… o quizás cada diez días.

Este pequeño acontecimiento era una gran aventura para mí, un chaval de entre 13 y 14 años. El hecho de poder subir a lo alto del hermoso campanario de mi pueblo y contemplar, desde esa altura su bella panorámica, me hacía sentir como si lo estuviese viendo desde un avión. También se divisaba parte de la comarca y disfrutaba con la grata compañía de estos dos amigos.    

Esta torre, en tiempos de nuestra Guerra Civil fue “Refugio” contra los bombardeos por aviones de la República. Aviones que sumieron al pueblo de Cabra en una tragedia. Era el mes de noviembre de 1938, causando un irreparable dolor. Con la pérdida de más de cien muertos y doscientos heridos.


A continuación podrán ver un vídeo con un “retoque de campana” que hice “in situ” en el año 2000 cuando ese repiqueteo era manual… Y no en “conserva electrónica como ahora”!.

Dos hijos del recordado Francisco Muñiz Canela “El Campanero”…  fueron los que ofrecieron el último repique de campanas  al pueblo de Cabra, el mismo Día del Corpus del año 2000. (Juan de Dios y Pedro).Por cierto que Juan de Dios, familiarmente conocido como Juande, es el marido de Nuria, la menor de mis hijas.    


Esta otra vivencia que os relato a continuación, también ocurrió en esos años lejanos de 1940. Mi familia residía en la ciudad de Tánger, ello durante la Segunda Guerra Mundial, y… en aquellos tiempos los judíos ya estaban perseguidos por los nazis en los países de Centro-Europa.

Los judíos polacos, sobre todo los comerciantes, huían de ese terror y llegaban a Tánger, que era entonces una ciudad internacional. Venían cargados de mercancía, entre ello cantidad de Relojes de pulsera, que los vendían ¡por kilos!... así como las máquinas de escribir.

Tanto era así, que casualmente alguien de mi familia vino a Cabra en una de sus frecuentes visitas. Estos viajes los aprovechaban para traernos cosas que no había en España. Pues en esta ocasión entre todas esas cosas que nos trajeron, venían unos cuantos relojes de pulsera, unos siete u ocho, todos preciosos. Supongo que serían poco más de medio kilo. Yo no pude quedarme con ninguno, por ser el más pequeño de mis hermanos (tendría aproximadamente unos siete años). La verdad es que sufrí un gran desengaño. Sin embargo mi hermano Manolo recibió uno. Yo, de vez en cuando, le decía ¡Manolo, préstamelo para que me lo ponga un ratito!   

 Esta otra historia me ocurrió en la Estación de Ferrocarril de Tetuán (Marruecos), por los años 50 ó 60. En España seguía habiendo pocas marcas de relojes y los que había eran además bastante caros. En el Protectorado Español y en Tánger, por el contrario valían baratos, sobre todo en los establecimientos de indios y de judíos. Siempre que yo venía a la Península, me traía de allí uno puesto, y otro escondido.  

 Esta vez traía uno, marca EDOX, para un buen amigo llamado Antonio Luna Pérez. Lo metí en mi cartera de piel labrada marroquí, en el bolsillo trasero. En la Aduana de la Estación de Tetuán, antes de subir al tren, un funcionario, por cierto era nativo marroquí me hizo un registro exhaustivo. A parte de la maleta que era lo habitual, este tipo me cacheó por todo el cuerpo, lo que no era normal. No me quedó parte alguna sin registrar.

 Al quitarme parte de ropa, puse la cartera encima del mostrador de la Aduana. De haber encontrado el reloj, seguramente me lo habrían confiscado y además me habrían puesto una multa considerable, de aproximadamente varias veces el valor del objeto.

 

En el año 1956 me casé en Madrid. Tras la ceremonia en la Iglesia de San Pelayo, se celebró el desayuno de boda, que era la costumbre en esa época. Después nos hicieron el reportaje fotográfico. Por cierto, que el fotógrafo era muy renombrado en Madrid y tenía el estudio en la Puerta del Sol.

 Mi taxista en este importante evento era mi amigo el poeta Manuel Ruiz Madueño “el Cordobés” que, antes de ser taxista, fue un fotógrafo ambulante.

Mientras esperábamos en dicho Estudio de Fotos esperando en su terraza pacientemente. Momento que fue aprovechado por Manuel para hacernos un par de fotos de otro reportaje de la boda y en el exterior, con su máquina fotográfica. Como fondo… el famoso Reloj que vemos en las Campanadas de Nochevieja desde hace ya muchísimos años.

En el año 1994 estuvimos en Francia mi esposa Otilia y yo, visitando a mi hija Ori su marido y… mi nieta Marina. En ese tiempo su esposo trabajaba en el Centro de Investigación del INRA, en Jouy-en- Josas, muy cerca de Paris. Hicimos una excursión al Monte San Michel en el noroeste de Francia. Uno de los lugares más turísticos y visitados del país vecino. 

El regreso lo hicimos pasando por Rouen. En esta ciudad está el “Gros-Horloge…  o Gran Reloj”. La calle donde se encuentra tiene un encanto sobrecogedor. El reloj está bellamente decorado y… se encuentra sobre un campanario gótico. Su mecanismo es de los más antiguos de Europa, y curiosamente, en la  actualidad todavía se encuentra en total  funcionamiento. El resultado es una obra de arte de incalculable valor, belleza y antigüedad, ya que data de 1400.

 A mí, de siempre me han gustado mucho los Relojes, como los lectores habrán podido comprobar. Sobre todo me fascinan los de bolsillo, con cadena, aquellos de la marca Roskopf Patent, con los que nuestros mayores adornaban su vestimenta. En especial me llamaba poderosamente la atención la cadena dorada que lucía sobre el oscuro chaleco de algunos de ellos.

 Mis hijos, Salva y Oti, aprobaron ambos sus oposiciones en el año 1985, uno como Profesor de Instituto y la otra como Maestra o profesora de EGB. Ante la satisfacción de este hecho me regalaron un reloj de bolsillo precioso, dorado y con cadena que colmó mis ilusiones. Me quedé encantado. ¡No era de esta marca ni mucho menos!  Era un poco más pequeño, pero para mí fue algo especial. ¡El mejor de mis relojes!

 -Pero… no sé cómo, en uno de los traslados de vivienda lo perdí… Sí, sí lo perdí y… no sé cómo. No he encontrado ninguna explicación razonable. Fue una fatalidad, pero la verdad es que me quedé sin él para siempre. ¡Una verdadera pena!                        

Termino este relato, confesando mi vinculación y fascinación  por este pequeño gran objeto, medidor del paso del tiempo pero lamentablemente, incapaz de retenerlo. 

Y aprovecho, además, para agradecer a todas las personas que me habéis expresado vuestras condolencias por el reciente fallecimiento de mi querida esposa, Otilia Moral Arévalo. En mi nombre y en el de mis hijos gracias a todos...

 

 “Los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para el hombre.”

MARCEL PROUST