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domingo, 18 de octubre de 2026

¡Cómo pasa el tiempo!


¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando la vida nos regalaba la alegría de ser padres, cuando nuestros hijos apenas levantaban un palmo del suelo y llenaban la casa de risas, de carreras, de ilusiones y de aquella bendita felicidad que, por cotidiana, no siempre sabíamos apreciar.

Y mírenlos ahora. Aquellos niños de ayer son hoy dos jóvenes familias que comienzan a escribir su propia historia. Han levantado sus hogares, han emprendido sus caminos y, casi sin darnos cuenta, nos han regalado la más hermosa de las sorpresas que la vida tenía nos reservada: ser abuelos.

Mi pequeña Elena acaba de cumplir seis meses. ¡Seis meses ya!

Y mi Salva chico, que vino al mundo apenas cuarenta y cinco días después, acaba de recibir las aguas del bautismo.

Dos criaturas, dos nuevas vidas, dos pedacitos de cielo que han llegado para poner patas arriba nuestros corazones y para demostrarnos que la felicidad, cuando uno cree haberla conocido, todavía puede sorprendernos.

Como escribiera el maestro Antonio Burgos: el tiempo transcurre sin pausa y sin preguntar... 

Y se lleva las primaveras sin que apenas nos demos cuenta pero que, sin embargo, tiene la delicadeza de devolvernos, en la sonrisa de un nieto, algo de cuanto creíamos perdido. 

Porque cuando miramos a Elena y a Salva, volvemos a mirar a nuestros hijos pequeños. Es reencontrarnos con aquellos ojos, aquellos gestos, aquellas manos diminutas que un día estrechamos entre las nuestras. Es descubrir que la vida, en su infinita sabiduría, nunca termina de repetirse, pero siempre encuentra una manera nueva de emocionarnos.

Dice una hermosa expresión que los nietos son el postre de la vida.

Después de tantos años de esfuerzo, de trabajo, de alegrías y también de alguna que otra pena, llega la vida y nos sirve, cuando menos lo esperamos, el más dulce de sus regalos.

Porque ser abuelo no es simplemente volver a tener un niño entre los brazos. Es mucho más... Es querer sin urgencias, abrazar sin mirar el reloj, contemplar durante horas una sonrisa y descubrir que no hay nada más importante que ese pequeño milagro que tenemos delante. Es regresar al cuidado de la infancia, pero con la sabiduría, tantas veces inútil, que nos ha dejado los años.

Y mientras nuestros hijos, ahora padres, descubren las preocupaciones, los desvelos y las inmensas satisfacciones de criar a sus pequeños, nosotros los contemplamos con esa mezcla de orgullo, ternura y nostalgia que solo conocen quienes ya han recorrido ese camino. 

Qué hermoso es verlos tan felices...

Qué inmensa fortuna comprobar que aquellas dos criaturas a las que un día enseñamos a caminar son ahora quienes sostienen en sus brazos a sus propios hijos.

Y ahí estamos nosotros, los abuelos, asistiendo emocionados a esta nueva primavera de la familia. Porque cuando llega un nieto, no solo nace un niño: también nace una nueva forma de ser felices.

Salva y Elena todavía no saben lo que han venido a significar para nosotros. No saben que sus sonrisas iluminan nuestros días, que sus primeros balbuceos son música y que en sus pequeñas manos cabe toda la felicidad del mundo. 

Ya tendrán tiempo de saberlo. Porque si algo nos han enseñado los años es que no hay que tener prisa para vivir lo verdaderamente importante.

Y así, entre pañales, cunas, fotografías y bautizos, seguimos contando los meses que pasan demasiado deprisa. Hoy son seis meses, mañana será su primer cumpleaños y, cuando queramos darnos cuenta, estarán corriendo por la casa, preguntándonos por las cosas de la vida y llamándonos con esa palabra que tiene el privilegio de hacernos inmensamente felices: ¡abuelo! ¡abuela!

¡Cómo pasa el tiempo, Dios mío! Si parece que fue ayer cuando éramos nosotros quienes empezábamos a vivirlo todo.